Hace 24 años, ha llovido, yo era sólo un chaval de 14, ya zaragocista, cuyo primer contacto con la selección española de fútbol había sido poco menos que traumático. El primer partido que recuerdo fue un España - Austria del Mundial de Argentina 78. España había llegado al mundial después del "milagro" contra Yugoslavia, con el archifamoso botellazo a Juanito. Se decía que para tener alguna posibilidad de clasificación, había que ganar a los austríacos, ya que en el grupo estaba Brasil, partido que se daba por perdido, y se suponía que la victoria contra Suecia, el cuarto en discordia, era segura. Nadie se planteaba ser primero de grupo. Se perdió ante Austria. Y luego se hablaba de milagro contra Brasil para intentar arreglar el desaguisado. Contra Brasil, se produjo el fallo de Cardeñosa, y la victoria final ante Suecia, no sirvió de nada.

Eran otros tiempos. Eran tiempos de creer en el milagro, incluso para clasificarse para un mundial o una eurocopa. Había una selección del montón, y el derrotismo español estaba justificado más por la realidad que por la costumbre. Los tiempos cambiaron, llegó el mundial de España, con otra generación de jugadores, que fallaron en una oportunidad de oro, no ya para ganar, pero si para romper con la mediocridad histórica, sólo rota por la Eurocopa del 64. Y llegó la sobrevalorada "Quinta del Buitre", con Miguel Muñoz, que nos hizo soñar más allá en el Mundial de México. Pero volvieron a fallar. Llegaron otros, la clasificación para las grandes citas se convirtió en obligada, y la clasificación para la segunda fase era frecuente. Las expectativas, muy altas. Queríamos ser Brasil, o Italia o Alemania. Demasiado en la mayor parte de los casos. Llegó el equipo de Clemente, que sabía a qué jugaba, pero no tenía muchos mimbres, y se chocó con la realidad. En los últimos campeonatos, se había instalado el pesismismo, o mejor dicho, la vuelta atrás, la venda quitada para dejar ver que a lo mejor no éramos tan buenos como se decía. El trabajo había que hacerlo casi desde cero, desde todos los puntos. Llegó otra generación, cuyo enganche más significativo con la anterior fue la presencia de Raúl, que parecía destinado a encabezar la generación del podemos. Pero no. Era demasiado pronto. El trabajo no estaba terminado.
Ahora estamos en la final. Puede pasar de todo como en cualquier final. Y además, jugamos contra Alemania. Pero esta vez, lo que siempre hemos pedido, que la selección supiese a lo que jugaba, que mostrase personalidad, capacidad de competir, capacidad de jugársela hasta el final, calidad, seguridad, todo esto, lo han demostrado en esta Eurocopa. El domingo empieza el futuro. Ya nada será igual. Se gane o se pierda. La Eurocopa o el Mundial sólo lo gana un equipo. Pero los que llegan al final son casi siempre los mismos. No puede ser casualidad. Esta vez tiene que ser la buena. Esta vez España se ha subido al carro de los ganadores.
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